Monday, September 04, 2006

GAVROCHE Y LA NECESIDAD

Hay ciertas cosas que no son necesarias pero que el tiempo, a fuerza de repetición, convierte en costumbre. Leer la revista semana se ha vuelto un hábito, no sé si calificarlo de bueno o malo, que he adquirido en las visitas, bastante periódicas debo manifestar, a lo de mis abuelos. Lo extraño es que la leo de atrás hacia adelante, empezando por el crucigrama y las divertidas pataletas de Antonio Caballero, quién debería dedicarse más seriamente a escribir novelas, como lo prueba “sin remedio”, uno de los libros colombianos que más me han gustado de todos los tiempos.

Hace unos días me encontré con la columna del señor Héctor Abad Faciolince, que había titulado GAVROCHE Y LA LIBERTAD. Por lo que para mi representa ese nombre francés, leí entusiasmado la columna del hobbit periodista y escritor. Debo decir que me decepcionó bastante, veamos por qué.

Este señor trató, inútilmente me parece a mi, de manifestar su preocupación por uno de los (miles de) problemas, que en la actualidad afectan al país: La indigencia infantil. Nos hace caer en cuenta que dar una moneda o un puñado de comida a estos menores no resulta más que un aliciente para la conciencia ciudadana, que a su cargo debe soportar día a día la perturbable visión de este flagelo de las calles.

Comparaba a estos menores que se ven en las calles pegados, valga el pleonasmo, a una botella de pegante, con el personaje de la novela de Víctor Hugo, con ese pilluelo de las calles parisienses del siglo XIX que bien se entendía con los artistas del teatro como con los no menos artistas del crimen, así como con los labradores de las ideas de aquel siglo de revoluciones para el pueblo, siglo de luces.

Olvidó el periodista que el pequeño Gavroche es más que el pilluelo, es el pueblo con hambre reclamando a un régimen de opulencias y de elegantes fiestas en lujosos salones un mendrugo de pan y un abrigo; es el derecho natural buscando fundamentarse en el positivismo, en las ideas, en la luz; pueblo que reclama la igualdad así esta se limite a los iguales; es la libertad que asoma sus manos desgarradas a través de los barrotes de ese calabozo que es el tiempo mezclado con monarquía y religión; es reconocer a un dios que no provenga de una sola religión secular, y lo más importante, respetarlo; es reclamar el poder del pueblo que generalmente se ve usurpado por unos pocos y retornárselo para magnificarlo en su gloria vilmente opacada por las sombras de la intolerancia, reconocer como única ley la razón y como su estricto legislador al pueblo en posesión del progreso, a la dignidad como su aliada y cuyo lineamiento sea siempre la revolución: una revolución de la mente que no haga otra cosa que dignificar la lógica y el desarrollo libre de la humanidad.

Como lo hacía?. A través de la inocencia de un niño que representaba, en medio de sus harapos felices, la ignorancia de todo un pueblo. El instinto de buscar la grandeza que el intelecto ni siquiera sospecha, el hambre de un pequeño, es de una manera bizarra e inexplicable, el dolor de toda una ciudad; y en esto el columnista tal vez tuviera algo de razón: es su enfermedad. Mal causado por las costumbres de un pueblo en desuso, que más decae que progresa, y que oculta a los ojos de la conciencia estas realidades con una moneda o un gesto de negación con la cabeza, para después doparse con grandes dosis de esa droga tan abrumadora: el Yo. Egoísmo sobre socialismo, nada más execrable, pero a la vez nada merece más perdón que esto. Construyamos muros a la conciencia y a la razón, resulta mucho más fácil que adelantar una probablemente inútil revolución para asegurar la comida de estos desconocidos, para eliminar su sed.

En la columna se alcanzaba a entrever que tal vez el problema no sean los niños de la calle, sino los adultos en los que estos niños, si es que sobreviven, se llegarían a convertir. Ver a los pequeños deambulando en el paroxismo de sus pequeñas intoxicaciones y crímenes es triste, esto no lo niega el periodista, pero esa tristeza se transforma en miedo al pensar si quiera los demonios en que esos fantasmas se pueden convertir. Temor sobre todo de que la calle hecha hombre se introduzca en la vida burguesa de un columnista de revista de opinión, y que se introduzca con sus vicios, sus cuchillos y su sangre fría; que esas almas vacías y despercudidas de escrúpulos por los muchos años de vejámenes y desamparo, de miradas por encima del hombro y monedas, de bóxer y noches frías debajo de cualquier puente, vengan a reclamar lo que por derecho les corresponde y que instintivamente y tal vez por la fuerza procuren les sea restituido: una oportunidad. Porque no está mal terminar en la calle, esto puede representar la felicidad para algunos, pero no perdamos de vista que esa debe ser una elección, nunca una imposición.

Egoísmo, a esto se resumen hoy en día las luchas del pueblo. Es triste pero la voluntad de las nuevas generaciones se ve quebrantada, pues, y esto no deja de tener lógica, qué sentido tiene el compromiso con ideas en las que no se cree?.

Es seguro que para Abad Faciolince la indigencia es un problema muy serio, pero apuesto lo que sea a que él no estaría dispuesto a sacrificar su vida por la miseria de esos infantes, de pelear hasta el fin y con su sangre por la salvación de esos futuros demonios a los que más teme que compadece; y es allí donde su interpretación del espíritu de Gavroche se queda como el título de su novela: Angosta. Para ser sincero yo tampoco lo haría, si bien es cierto unos tienen más que otros, no dejamos todos de poseer nuestras propias miserias, que en la balanza del ego siempre pesan más que los males ajenos; y si no estoy dispuesto a pelear por mis propios pesares, lejos estoy de hacerlo por los de los demás.

Las luchas de hoy no pasan de ser motines envidiosos. Los estudiantes en las revueltas de las universidades públicas, que poco piden. De los de las privadas ni hablar, esos ni siquiera piden. Igualmente los sindicatos y todos los que procuran ante unas pocas instituciones el restablecimiento de las garantías de unos pocos; pero qué pequeñas son estas guerras, cuan envidiosas son, apenas se logra la satisfacción restringida de unos pocos intereses particulares y cómo se engrandecen sus gestores.

Esa es la diferencia más grande entre Gavroche y lo que llamamos el gamín Colombiano, si lo vemos en el plano de personajes meramente hipotéticos y metafóricos: es la diferencia entre una revolución que pretende darle de vuelta al pueblo la soberanía que le pertenece, y la de una insurrección que busque hacer lo mismo solo con una pequeña porción de el. La diferencia entre unidad y pluralidad, la dispersión, la falta de cohesión, el egoísmo y la envidia que impiden el alcance de grandes logros; todo eso que nos aleja cada vez más del ideal del pueblo, y que nos hace alargar la mano para entregar una moneda al gamín que posiblemente nos dé puñaladas el día de mañana.

Muchas teorías hablan de la acción como único medio para alcanzar objetivos, sin embargo, que pasividad, cómo atreverse. Es mejor aguantar y pagar la cuota de la conciencia no en las monedas que se dejan caer en esas manos percudidas de una muerte preacordada, sino en esas almas entregadas como un cheque en blanco a la calle, y a todo lo que ella implica. Realmente esas grandes cruzadas exigen sacrificio y muerte, pero la razón grita y se retuerce: cuán execrable es la violencia, no obstante para los grandes logros los muertos son como las mini chips; muchos no son tantos. Estamos en una época letárgica, en las selvas y pueblos una guerrilla que todo el mundo dejó hace años de reconocer como su ejército popular libra una guerra inextricable, inacabable e inexplicable. Ese tipo de revolución no es necesaria, es más, es inútil. Pongamos un ejemplo: cómo putas derrocar el orden constitucional (que por cierto no me parece el problema), Bogotá es una ciudad gigante, dista bastante de ser Bahía cochinos, así que Mono jojoy, mejor suerte en tu próxima vida.

Para acabar los malestares sociales a los que el columnista teme y muestra aversión se requiere una guerra civil, la lucha en la ciudad, volviéndonos mierda los unos a los otros para al final reclamar lo que a todos nos pertenece, no solo una comida y un techo para los gamines, pues que pequeña sería esta lucha también, sino de nuevo el poder del pueblo para el, no en contra de el.

Por ahora esperemos, estamos lejos de un episodio de esos aunque esa época se va germinando desde ya, se ha venido incubando desde siempre; y aunque es triste y me disguste, sólo la violencia llenará el estómago de Gavroche, no entendido como el niño inocente y gamín, sino como toda una nación que busqué saciar de una vez por todas el hambre de ignorancia y la sed de injusticia que le aquejan.

Estoy implicado en un tiempo complicado
Tal vez, por mi falta de compromiso
No escuché el primer aviso
Y tuve una oportunidad
Y no la supe aprovechar.

Formo parte de una sociedad secreta que todos conocen:
De hombres fracasados. (Andrés Calamaro, presos de nuestra libertad)

4 Comments:

Blogger Joe Pino said...

La situación es tan obvia e inmutable que hace que se pierdan las ganas de siquiera intentarlo.

Personas como yo sufrimos de desprecio por todo lo que actualmente representa poder en nuestro país, desconfianza en instituciones que están lejos de funcionar como debieran y lo peor de todo, de pereza, desesperanza y conformismo. Todo está podrido y me gustaría que cambiara, pero no sé cómo hacerlo.

Reconozco el tamaño del problema y mi incapacidad de solucionarlo....solo.

Buen escrito cacaseno

3:29 PM  
Blogger kiny said...

Bueno inmutable, no tanto, me parece que más bien si se inmuta: para peor. Entonces, decadente.

Yo reconozco al tamaño del problema al igual que el escaso tamaño de mi miembro, pero no nos engañemos, usted y yo somos inactivistas, y al parecer así continuaremos.

A menos que J aKa "el concejal" tome las banderas de la inutilidad y salve a la patria, o por lo menos monte un starbucks.

6:10 PM  
Anonymous Anonymous said...

La vida hay que hacerla linda y positiva a pesar de.
Un abracito.
(por acá desnudando tu blog)

7:04 PM  
Blogger Unknown said...

Pues sí me gustó tu blog y mucho. Muy interesante tu texto, una escritura que atrapa, seria y crítica.

1:47 PM  

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