Friday, March 31, 2006

PASAJE DE VUELTA A TRANSILVANIA

Hace algún tiempo escribí un cuento más o menos bien recibido por familiares y amigos. Se titulaba Vlad el empalador. Versaba este escrito sobre un monarca europeo del medioevo que a lo largo de los siglos ha sido satanizado y vampirizado por escritores y cineastas, algunos de ellos de gran reconocimiento mundial. Mi cuento era un poco más modesto, no pretendía hacer de Vlad un monstruo sobrenatural, sino mostrar de una manera diferente su oscura y errática conducta; y de alguna manera tocar los límites de la morbosa depravación de un ser humano, a la luz de un rey que a decir verdad, no conquisto la gloria y la eternidad que otros homólogos suyos llegaron a lograr.

Unos días atrás, una prima residente en Bogotá me envió por correo certificado un libro de cuentos latinoamericanos (editorial alfaguara, 1984), y una nota señalándome que mirara el cuento que se hallaba impreso en la página 47, junto con los nunca ausentes deseos de salud y felicidad para mi y para la familia. Extrañamente no le di importancia y deje el libro en turno para lectura sobre mi escritorio, después de un libro de cuentos de Jack London, y del paraíso perdido de Milton. Salí al trabajo como todos los días y no regresé sino hasta después de las ocho, totalmente agotado. Cuando llegue a casa lo primero que hice fue encender el estereo y poner algo de música relajante a un volumen más alto de lo que usualmente me permitía. Fui a la cocina y me serví un trago doble de whisky con poco hielo. Me senté en el sofá y al safar los botones de mi camisa note que en el bolsillo tenía un papel doblado. Era la carta de mi prima que en medio del afán por no llegar tarde al trabajo había terminado en el bolsillo de mi camisa y había estado conmigo durante toda la extenuante jornada.

Releí la carta y apure de un sorbo el whisky que quedaba en el vaso. Quede un poco ebrio y seguí leyendo la parte de la carta que decía mira la página 47, te vas a sorprender. Pensé que no iba a resultar sorpresa alguna, pero sin embargo mi prima es una artista, y esa gente tiene un sentido especial para descubrir buenas obras, son de las que a partir de una idea crean todo un universo. Decidido, termine por ir a buscar el libro a mi escritorio, lo encontré justo donde lo había dejado, junto a Milton y London. Recorrí las primeras páginas y leí una introducción de Mario Vargas Llosa a esa edición de cuentos latinoamericanos. Antes de la página 47 habían dos cuentos: autopista al sur de Cortázar y el atroz redentor lazarus morell de Borges; decidí leer este último, pues había pasado ya algún tiempo desde mi última lectura de la historia universal de la infamia. Lo termine con el placer que siempre me producía leer este cuento, auque fuese, según el mismo autor, uno de sus cuentos menos elaborados y más ostensiblemente barrocos. Cuando terminé, di vuelta a la hoja y quede ubicado sobre la página 47, y cual no sería mi sorpresa cuando el título del siguiente cuento era nada menos que VLAD EL EMPALADOR.

Pensé que había leído mal o las letras se me habían distorsionado a causa del licor que acababa de ingerir, pero un examen más detallado me dio a entender que allí no había ninguna clase de error. Sobrepuesto de mi inicial asombro proseguí a la lectura del texto con una avidez que rayaba en lo demencial. Quería saber con apremio qué contenido albergaba aquel escrito que llevaba el mismo título del cuento que yo había escrito unos días atrás, sin más ayudas que una enciclopedia y un casual programa en discovery channel.

No se imaginan el horror que sentí cuando descubrí que aquel texto era letra por letra idéntico al cuento que yo había escrito. Lo leí una y otra vez y no me quedó ninguna duda, era exactamente el mismo escrito, lo único que cambiaba era su autor. Al final del texto no estaba el nombre que yo acostumbraba poner a mis escritos, (y digo acostumbraba, porque después de los sucesos que prosiguieron no se si pueda volver a escribir), sino este nombre: Robert V.

Al comienzo pensé que era una broma de mi prima, quien con la ayuda de algunos amigos habían agregado a la perfección mi cuento dentro de una verdadera edición de cuentos latinoamericanos. Descarte esta opción por ilusa, pues entre ella y yo jamás existió la confianza necesaria como para estarnos jugando bromas el uno al otro. Es más, el cuento lo habían recibido igualmente por correo (realmente se lo había enviado a mi tía), y a parte de la carta que recibí como respuesta, las relaciones con mi prima nunca habían pasado del saludo al encontrarnos y de breves diálogos en reuniones familiares. Después concluí apresuradamente que posiblemente era un cuento que había leído hacía muchos años; posibilidad que descarte porque en primer lugar mi memoria no es tan buena, y en segundo lugar porque mi subconsciente nunca había sido muy pródigo en esta clase de milagros. Finalmente me decidí a investigar quien era este escritor Robert V., y mientras tanto, para no atormentarme, me serví otro vaso de whisky.

Al otro día, llamé al trabajo alegando que estaba enfermo, excusa que desde varios meses atrás me había dado tiempo para resolver asuntos de índole personal, como este que ahora se me presentaba. Lo único malo es que mi jefe o ya se mostraba molesto o estaba firmemente convencido de que yo padecía alguna enfermedad terminal. Una vez planteada mi falsa excusa salí de casa y me dirigí sin perder tiempo a la biblioteca pública Gabriel Turbay, allí me encamine a los anaqueles donde sabía encontraría lo que estaba buscando. En efecto me tope con una hilera de tomos de los cuentos latinoamericanos de Alfaguara. Encontré que la primera edición había sido publicada en el año de 1980, y había dejado de ser editada en 1992. La introducción de Vargas Llosa empezó a salir en el libro a partir de la edición que mi prima me había hecho llegar, antes a ella, se encontraban pequeños prólogos y comentarios de los autores de los cuentos impresos. La búsqueda de mi cuento fue infructuosa, ya que este sólo aparecía en la edición de 1984, en las otras salían exactamente los mismos cuentos, pero la historia de Vlad se pasaba por alto, como si hubiese sido un pequeño accidente que las futuras publicaciones se encargarían de borrar de la memoria de todos aquellos que hubiesen leído el cuento en la edición que gracias a mi prima ahora tenía en mis manos.

Salí confundido pero entusiasta tras mi fracaso investigativo en la biblioteca, ya que al tratar de ubicar obras por autor, no aparecía en las fichas bibliográficas referencia alguna a alguien que se llamase o se hiciese llamar Robert V., ni mucho menos a textos publicados por el. Lo único que tenía sobre él era el mismo cuento que yo había escrito unos días atrás, una edición de cuentos latinoamericanos de 1984 y la cabeza hecha un barullo de dudas y desconcierto.

Durante varios días dejé de pensar en el asunto, y clarifique ante los conocidos a los que les había hecho llegar el cuento que este ya había sido escrito, y les argumenté una insólita casualidad, pero en mis adentros pensaba que ya se empezaban a dar en el mundo todas las posibilidades, la rueda concéntrica de que hablan algunos autores, al final a todos los hombres les es dado realizar todas las cosas posibles, ser uno y todos y ser dios, pensaba que el fin dadas las circunstancias, me dejaba entrever su inminente cercanía.

Pasó algún tiempo y las cosas volvieron a la normalidad, el trabajo rutinario, los escapes imaginarios de fin de semana, Paola invadiéndome el pensamiento con su historia, lecturas interminables y a la larga inútiles, la música intermitente y sin significado, las botellas, los amigos. En medio del sopor de la rutina un vigilante del edificio me entregó en la puerta de mi apartamento un sobre de manila y me recordó que se acercaba el plazo para cancelar la administración. Le agradecí con displicencia y sin despedirme le cerré la puerta en las narices. Observé el sobre con detenimiento, con claridad era yo el destinatario (ya que muchas veces la incompetencia de los vigilantes generaba confusión y caos con la correspondencia del edificio), y para mi asombro el remitente no era otro que Roberto V.

La misiva no decía mucho, tan solo que me conocía y que lo sabía todo desde siempre. Anonadado escribí frenéticamente algunas páginas sin sentido tratando de sacar conclusiones a algo que finalmente no las tenía. Todo era tan absurdo que mande todo lo que había escrito a la mierda, maldije en voz alta y creo que para no perder la costumbre me embriagué.

Pasaron los días y en medio del trabajo monótono, esclavizante, y fumando un sinnúmero de cigarrillos meditabundos me dije como tratando de convencer a otro que todo eso no era posible, que de alguna manera Vlad, pero cómo, aunque a la larga lo de siempre, lugares comunes creo que le llaman, en una de esas todo se olvidaba, aunque llegaba a la casa y la carta ahí sobre el escritorio condenándome a eso que era tan intangible y tan inútil; nada hubiera sido más fácil que prenderle fuego y olvidarme de todo, al fin y al cabo era estúpido, todo había nacido de mis delirios de escritor fracasado, un cuento igual puede pasarle a cualquiera, aunque letra por letra todo un misterio. Lo mejor era darle la espalda a todo eso que se escondía solapadamente en las sombras, ese misterio que no dejaba de jugar con mi mente y con mis palabras, ese animal rabioso que me esperaba como en una esquina, y todo hubiera sido tan sencillo como decir por fin que no, dejar las cosas así, seguir con la vida, a la larga no quedaba mucho tiempo para pensar en esas fruslerías, con la nada de tiempo que dejaba el trabajo, y las sobras buscando a los amigos o refugiándome otra vez en las botellas siempre compañeras y en el humo cómplice.

Pero finalmente la curiosidad gano terreno y mi personalidad obstinada y compulsiva le ganó la batalla a la cordura. Con un frenetismo maniático releía la carta y esas palabras ahí diciéndome que lo sabían todo desde siempre me transportaban a un delirio depresivo donde una y otra vez. Me sentía descender en la entropía y veía como se deshacía alrededor todo y hasta yo mismo como un mundo hecho de boronas y sin reglas. Finalmente deje de ir al trabajo sin presentar siquiera las excusas de siempre, ya no me importaba. Igual por esos días decidí no salir mucho, mi comportamiento anacoreta y displicente extrañó a más de uno pero nadie preguntaba mucho, igual no recibía a nadie en el apartamento y deje de contestar los llamados telefónicos. Me dedique a la tarea de comprobar algo que estaba regido como por alguien más, como por algo de fuera que igualmente me ataba a su juego y me imposibilitaba escapar. Escribí de nuevo el cuento con la intención de cambiarlo sustancialmente y cuando terminé después de escribir como un demente comprobé que otra vez las palabras eran exactamente iguales a las del relato de Roberto V.

Mi impaciencia llegó a límites que desconocía, llegue a golpear mi cabeza contra las paredes y me entretenía viendo deslizarse las horas mientras apagaba sordamente los cigarrillos en mis brazos. Creo que llegue a pensar en suicidarme pero todo me pareció tan absurdo, tan como escrito por ese alguien que desde fuera me dibujaba, me narraba, y de alguna manera sabía que el final de esa historia era muy simple, una novela estúpida donde en el último párrafo yo aparecía muerto y la gente finalmente lo admitía; todo al final sabido desde siempre, la locura del pobre, si, maniaco depresivo con tendencias suicidas doña. De alguna manera pensé que terminar así sería inevitable. Igual no estaba en mis manos salirme de eso, revelarme a la luz de la vida porque ya todo estaba dado desde antes en un negativo secreto e inalterable. Acerque la cuchilla varias veces a mi muñeca y al final terminaba por decirme que aún debía haber algo por hacer, igual sería tan estúpido entregarse por algo que había sido tan simple, que había nacido como por azar, aunque no era así, era traído a voluntad desde afuera, desde esa fuerza que no podía explicar pero que estaba ahí, en la carta, en el cuento y en todos los rincones de la casa o de mi mente.

No se como llegue finalmente a esa decisión. Debió haber sido en una borrachera mal llevada o al final de una noche insomne luego de haber indagado interminablemente a la nada sobre las razones de este absurdo. Total opté por intentar un último escape de todo eso, un exorcismo final a todos esos temores y a esa irrealidad que de alguna manera se me imponía violentamente y me oprimía convulsamente.

Tome la carta y me dirigí a la dirección del remitente. Cuando llegue me encontré con una especie de solar y lo que parecía ser una carpintería bastante rudimentaria. Atravesé un patio lleno de aserrín y ingrese en un cobertizo de latón que hacía al parecer las veces de vivienda. Adentro estaba bastante oscuro y tantee algunos muebles en pésimo estado. Del fondo de donde se escapaba un delgado hilo de luz una voz cansada y que arrastraba las palabras lentamente letra por letra me dijo: Siéntese Carlos, lo estaba esperando desde hace días. Traté de ubicarme en la penumbra mientras desde el fondo llegaba un sonido metálico, como de motor oxidado, de sierra desdentada.

Con los brazos extendidos, casi totalmente obnubilado por esa oscuridad cerrada, solo el leve y pálido hilo de luz que se escapaba de la pieza del fondo, me tropecé con algo que al principio supuse era un arbusto. Al sentirlo con mis manos me subió un horror helado por todo el cuerpo que se me cerró finalmente como un nudo en la garganta. No quería ver lo que ya sabía pero como todo desde hace días fue inevitable. Saque el encendedor del bolsillo izquierdo de mi pantalón con un esfuerzo sobrehumano debido a que mis manos estaban empapadas de sudor y yo no podía parar de temblar.

Comprobé con pánico lo que ya había sentido con mis manos: un perro french poodle se hallaba empalado en la mitad de la rústica sala. A decir de la sangre aún fresca el hecho macabro no había ocurrido hacía mucho tiempo. Presa del terror más macabro pensé en huir despavorido pero mis piernas no respondieron las ordenes de mi confundido cerebro.

Cuando estaba más petrificado sentí que la voz pausada hablaba justo a mis espaldas. “lo supe todo, desde siempre, Carlos”. Sus palabras fueron como una piedra que quebraba un vidrio en mil pedazos. El hombre portaba una linterna y no pude ver bien su rostro. Noté con horror que en su otra mano traía una estaca grande y muy afilada, de las que usaba Vlad en el cuento que los dos habíamos escrito para asesinar a sus víctimas. En un impulso que nació como desde un pozo muy profundo, arranqué del piso el palo que sostenía al perro muerto y con una violencia que nunca me creí capaz de usa en otra persona, le atravesé la cabeza al hombre y lo estaque contra la pared de tablas.

Tomé la linterna que el hombre soltó al morir y alumbré la escena más macabra que había visto jamás. De la madera horizontal colgaba el perro ensangrentado en un extremo, y contra la pared estaba el hombre a quien la afilada punta le había atravesado un ojo. Había sangre por todos lados y algo que parecía ser los sesos de aquel cadáver.

A pesar del crimen que acaba de cometer ya no sentía miedo, salí lentamente de aquel macabro y oscuro lugar y me fui como si nada hubiese ocurrido.

Pasaron varias semanas y mi vida volvió a ser la de siempre, poco a poco me fui acomodando nuevamente a las rutinas y a las costumbres de antes. Me sentía bien y de alguna manera pensaba que las cosas no podían haber sucedido de otra manera. A lo mejor ese algo que escrituraba todo desde fuera lo hubiera decidido así y a la larga siempre fue innecesaria toda esa paranoia, al final el destino decía que únicamente yo, y que el cuento de Vlad el empalador era solamente mío desde siempre y para siempre.

Todo por fin estaba perfecto hasta esta noche. Llegue del trabajo y el celador me entregó la correspondencia. Cuando subí al apartamento la revise ligeramente entra la música y el vaso de whisqui hasta esa carta sin remitente ni información alguna. Desde que la vi sospeche lo peor aunque me resigne y con cierto estoicismo la abrí para descubrirlo todo al final con el horror de ese día. La carta era precisa y contenía la sentencia justa que me decía que yo no había ganado, que al final era más fuerte el juego y la fuerza escribiendo de nuevo como desde afuera, que todo habían sido apariencias y falsas ilusiones disfrazadas de victorias que nunca existieron, de triunfos necrosados que se hundían de nuevo bajo tierra, sepultados. La frase que estaba escrita en ese maldito pedazo de papel decía: “lo supe todo Carlos, desde siempre”.

Kiny, marzo de2006.

3 Comments:

Blogger Mr Brightside said...

Lo supe todo Cagarlos, desde el principio. Te he visto empalandote con Dildos.

Este estaba algo extenso....

1:09 PM  
Blogger kiny said...

ser feo no es mi culpa, escribir mal, si.

6:03 PM  
Blogger Dianita Martini said...

bukoski sin lugar a dudas hubiese mezclado sexo y MUCHO más alcohol, tu solo te tomaste dos vasitos de whisky, tambien uno que otro gramito de cocaína o cualquier psicotropico... me pareció muy bueno,
kiny, no lo supe todo desde siempre, es mas me alcance a confuundir y todo, igual me rei un poco y lo disfrute... cuando entre a este blog si lo supe todo desde siempre, sabía que me iba a divertir leyendolo... entonces... kiny, si lo supe todo desde siempre!!! bueno relativamente!!!

11:59 AM  

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